RUTINA DEL TIMORATO
El peatón no logra alcanzar el autobús antes que la puerta cierre. Tiene pues
que acomodarse en la llanta dando un salto preciso sobre el aro. Acto seguido,
empieza a correr como un hámster en su rueda y descansa cuando el semáforo se
pone en rojo. En ese momento se agacha con las rodillas apenas flexionadas
igual que el maratonista que recién termina su trayecto.
Veinte segundos luego reinicia su ejercicio.
Esto se repite cuatro veces.
Al llegar al parque, salta de la llanta,
sudoroso. Tiene cierto dolor en las costillas y está sudado y ajado por el
hollín del aro. Antes de dar el primer paso, lo alcanza el tiquetero:
-Ud. no ha pagado, señor.
El peatón saca tres monedas grandes y las
entrega al fulano. Recibe una mirada benevolente y una sonrisa convencional.
-No tengo cambio, lo siento. Comprenda que
atenderle nos retrasa el itinerario. Espero que haya disfrutado su experiencia.
El autobús arranca y deja atrás una estela de
humo negro.
El peatón se siente agradecido, pero no ha
avanzado mucho cuando recuerda que ha dejado, colgando de una tuerca, su
lonchera.
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