UNA RUPTURA POR RAZONES DE IMAGEN
—Fabio, voy a dejarte— me dice mientras yo lavo los
platos.
—¿Estás loca? ¿Qué diablos te pasa?— respondo con casi
al grito, para que se oiga bien, porque la canilla de agua rebota escandalosa
sobre las cucharas.
—Tengo otras metas. Vos, sin embargo, sos un lastre.
Te dedicás a vegetar y no me ayudás con el diario. Ni siquiera cuidas al
carajillo— alega ella con las manos apoyadas en el marco de la puerta.
Cierro el grifo y me cierro las manos. Procuro no
manifestar incomodidad, pero le suelto:
—Pues no vas a llegar muy lejos con el Partido
Pandereta. Ellos no sacan ni una diputación.
—Pues, gracias a ellos, comemos. Y de lo que tomo de
los diezmos, nos vestimos y nos damos algunas salidillas finas.
—Me parece que hacés rabietas desmesuradas. Que la
señora Gallinés te ganase la primera vicepresidencia no tiene importancia si
nunca saldrá electa; ni ella, ni vos.
—No es eso, Fabio. Yo sé que vos traficás chocolates
con dulce de leche. Eso es muy grave y puede joder mis aspiraciones políticas.
—No jodás. ¿Tomás en serio esa patraña? Heriberto usa el partido para lavar dinero.
Nada más.
—Pues yo quiero reconocimiento. ¿Viste que el fin de
semana anterior, el terremoto le dio a Annette una visibilidad no esperada?
Quiero estar lista para eso.
La cosa es que no quiero que tus negocios dulces me
pringuen a mí. Es temporal, mantendremos
la distancia por conveniencia y ya luego nos arrejuntamos. Es que, si sale el
chance de hacer plata, no puedo tener rabo que me majen.
—Vos creés que con fichas como Heriberto no te
manchás? ¿Acaso la Gallinés no era una maldita zopilota de la vivienda? Quién
putas te entiende.
—Es que quiero pedirle al pastor que me dé salario y
alguna participación en las ganancias. Eso de ser parte del partido y ver pasar
el dinero como si fuese una cascada no tiene gracia, si conservás las manos
secas.
—Está bueno. Lo entiendo. Voy a necesitar que me pasés
plata para un hotel y alimentos. Sacá un par de cervezas para celebrar.
—Al güila te lo dejás vos. Cosa que, si tengo que salir de gira, no me
estorbe—. Asiento con total pereza, pues ella nunca se ha ocupado del niño.
Mientras tira la puerta de la nevera, me enfrenta:
—¿Te tragaste todo el queso, cabrón…? Vas a decir que
otra vez hay ratones. Sos una plaga para tragar.
En ese momento, pienso que Rosaura me trata mucho
mejor y que es el chance perfecto para irme con ella.
Para no seguir discutiendo, le pelo el diente y le
planto un beso.
(Dios, ha de tener una caries tremenda…)
Claro, no diré a esta vieja adónde voy a meterme. Al
carajillo lo dejaré advertido.
A la plata del hotel le daré mejor uso.
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