sábado, 8 de julio de 2023

Capítulo de cuarta novela del ciclo Malanga

EL RECLUTA SE ENCUENTRA BAJO OBSERVACIÓN, NO HAY DE QUÉ PREOCUPARSE

 

Me pregunta usted si Lunes trabaja para nosotros.

Sí y no, permítame explicarle.

Él fue de los primeros reclutas que tuvimos. Nos pareció doloroso que un veterano de guerra viviese como empleado de una librería de viejo, que ni seguro social le ofrecía. Nosotros ya nos habíamos cruzado antes en diferentes misiones pues ahí donde lo ve, el señor Misericorde estuvo en fuerzas especiales y luego, durante dos o tres años trabajó para la Agencia.

¿Cuál Agencia?  No sea majadera. Eso averígüelo usted si no teme por su vida. Acá no podemos decir el nombre completo. De las cosas de seguridad, se mantiene sigilo.

Lunes era un empleado responsable. Dos tiros por persona repartía y bien ubicados, casi siempre en la frente del candidato. Eso no quita que los otros compañeros lo molestasen por su estatura y por su supuesta fragilidad. Le habíamos condicionado a no mostrar sus dotes de carnicero, así que, ante una estigmatización, simulaba intentar patear al infractor y éste lo detenía con el estiramiento de sus extremidades superiores que colocaba sobre la cara del enano.

Casi una chanza, totalmente en regla.

Fue la octava misión de Lunes la que le trajo el castigo. Yo sé que lo han visto repartiendo volantes nuestros en este barrio y en el centro de Artifiicio. Es la pena que le impusimos para ver si ha ganado autocontrol. Ese día, una mujer cuyo nombre debemos mantener en reserva, esperaba que acabásemos con su marido, un importador italiano de telas que tenía tratos con la mafia. Si estoy hablando en pasado, es porque luego se completó el trabajo.  Era un jueves y el maldito enano se levantó con el santo de espaldas.  Verá usted, por su estatura, él debe colocar el revólver en diagonal al rostro de su objetivo, de modo que dispare hacia arriba…

No podía ser distinto con un caballero que superaba el metro noventa, aunque estaba en recuperación de cierto malestar en las rodillas que lo motivaba a andar despacito.

Pues bien, justo en el momento en que lo pone en la mira y dispara, una mosca se posa en la nariz del gatillero. Éste se incomoda y pifia el disparo.  En consecuencia, dos maravillosas lámparas de araña, traídas de Italia se hacen trizas.  Las astillas de cristal de Murano salen en todas direcciones casi hechas polvo y sus pequeñas agujas alcanzan a lastimar al gato persa que reposaba cerca de la chimenea, a pesar de estar ella apagada.

El animalito sale corriendo en busca de su ama que lo acoge en brazos. Luego de entregarlo a su ama de llaves, doña Carmena muy enojada se acerca al tirador con tremendón botellón de vino, que le estampa en la frente. Lunes es un maldito cabeza de piedra: resiste el golpe y, casi de inmediato, reacciona:  muerde a la mujer cerca del codo y, como si fuese perro de traba, no la suelta.

Los compañeros de equipo de Lunes, para evitar males mayores, lo deben anestesiar con trapos empapados en cloroformo. Acto seguido, lo amarran y lo meten en la cajuela del coche empresarial.  Y llaman al 911 para que asuma la curación de un daño colateral, que pega gritos y maldice peor que las doñitas del mercado cuando alguien les intenta robar un rollo de culantro.

La no viuda amenaza con demandar a la empresa por el sufrimiento emocional y otras pendejadas afines, pero condiciona no hacerlo a que el contrato se cumpla de inmediato. Así que mientras Lunes Misericorde es trasladado a una jaula de terapia dormido, otra unidad de Sicarios se acerca al punto para terminar la tarea.  Solamente se demoran en preparar un reporte explicando que esta vez gastarán dos balas adicionales debido a un accidente que cubre el seguro de riesgos de trabajo (adjuntar número de póliza y último recibo cancelado).

Cuando tienen todo listo, van directo al balcón donde el señor Malvadini está brindando por su sobrevida y sin decir “agua va” le pegan dos tiros que hacen blanco simétrico sobre cada ceja.

Nosotros quedamos muy contentos de dar buen servicio a gente de bien. Fíjese usted que doña Carmen, preocupada por el sufrimiento articular de su marido, estaba urgidísima de aplicarle la eutanasia, cosa a la que su marido se negaba.

Era, pues, necesario el factor sorpresa.

¿Me desvié del tema? Perdone, me gustan las historias. En cuanto a Lunes, es un hombre adulto —ya pasa los cuarenta años— pero es peligroso.

Ud. sabe quedan secuelas, psicosis de guerra.

Jamás lo infiltraríamos en una escuela, no.  Quitarse la barba fue otro yerro que cometió sin avisarnos y nos dimos cuenta porque el Comité de Buenas Costumbres del vecindario Tres Vidas no mandó extensa carta con cuarenta firmas.

Tranquilos, no volverá a suceder. Si todo sale bien, le daremos de alta como sicario hacia el mes de marzo venidero. Sólo tiene que mantenerse sin síntomas de rabia unos meses más.

También sabe que si vuelve a morder a alguien, somos duros.

El reglamento estipula que le toca ser sacrificado.

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