martes, 11 de julio de 2023

Capítulo de cuarta novela del ciclo Malanga


ISABEL EN EL CONFESIONARIO

 

Padre, estoy furiosa con Jaime. No me ha vuelto a pegar, no. Lo que ocurre es que le coquetea a todas las que pasan frente al zaguán de casa, aunque yo esté presente. Y tiene una suerte cabrona con las viejas:  todas le meten conversa y quién sabe qué más.

Pensar que yo lo escogí por feo y por buena gente para no estar pasando por éstas. Pero ya vio, se jodió una pierna jugando fútbol y llegan las del vecindario a dejarle una sopita, un pan casero o a, simplemente, saludarlo.

No, Padre, no puedo dejarlo porque carezco de estudios y no recibo salario. He querido aprender a bordar para vender cojines y blusas, pero con él en la casa, el tiempo no me da. Y no me diga que no quiero dejarlo, si la última vez me aflojó un diente.

Yo también le he golpeado, a veces, lo confieso. Aprovecho cuando viene borracho y que no se sostiene, para partirle la madre con la olla de hierro colado. No necesito motivo previo: verlo indefenso me motiva a tomar venganza de inmediato.

La vez pasada le quebré el brazo y, al día siguiente, nada recordaba de lo sucedido.

Tenía un arma que heredó del tata, pero la vendí a un ladronzuelo del barrio. Supe que luego andaba asaltando con ella en la comunidad, pero a nosotros, nunca. Yo no necesito permiso para protegerme, ni del consentimiento suyo. Me importa lo inmediato: mi vida.

Ahora, fíjese que me gusta mucho el pulpero y corre el rumor que maneja buena pasta. Esa tienda no vende mucho porque el barrio se está quedando solo:  yo sé que usted lo nota también porque menos gente viene al servicio dominical.

Por cierto, Padre. No sea tacaño; compre unos cojincitos:  el reclinatorio destroza las rodillas de los fieles y usted se ríe. Eso es pecado, es maldad.

Digo, ¿qué pasa si cambio al loco por el pulpero? Es que está más bonito y misterioso que este cabrón lengualarga que, cuando anda sano y libre de trabajo, se va a volar lengua a cualquier casa de la comunidad. Es una vieja de patio, se lo digo yo que lo he soportado doce años.

Mi tesis es que uno tiene derecho a mejorar, a no pasar hambres o estrecheces. Con ese muchacho podría hacer un buen futuro; con Jaime, no. La casa nos caer encima en cualquier momento. Después del terremoto, se limitó a conseguir unas formaletas y unos clavos de tres pulgadas para atilintar la casa. Uno camina con miedo de que eso sea como un castillo de naipes y de que un tornado, cualquier día, nos saque del mapa,

Oiga, Padre.  Usted debe saber quién es esa señora de maletín en la espalda que anda haciendo supuestas encuestas y tomando café en casas sin traer ni una galleta. Me contó Viqui que la estafó con un asociación pro vivienda y que, ahora, si la encuentra de frente, la otra vuelve el rostro y hasta cambia de acera. Lo peor es que anda con dos guardaespaldas que hace pasar por ayudantes.

Guárdese sus opiniones, sobre mi vida. Yo vine a pedirle consejo y no censura, Tampoco, penitencia. Estoy muy grandecita ya para rezarle a los yesos, pero me parece terrible que las cosas ocurran frente a los ojos de uno y no poder entenderlas, cómo si ocurriesen a oscuras. ¿Qué tiene este barrio, Padre, que se está muriendo como una chayotera y si remedio? Oigo que las nuevas generaciones ya no juegan en la calle porque los padres tienen miedo o porque se los traga el celular. A estas alturas, he olvidado la mayoría de las caras del vecindario y hasta llego a creer que esos chavalillos del búnker son mis vecinos naturales, mis pares.

No vaya usted a venir de casamentero o soplón a decirle a Clemente que me interesa. No sea sapo, busque vida. Mejor todavía, hágase de su propia amiguita y deje envidiar la vida carnal de los otros. Por ahí dicen que la encuestadora es facilona, aunque a mi casa todavía no llega. Usted le llega con el cuento de la salvación y se le va arriba…¿Qué le parece?

No me grite.

Puta, así pagan la devoción de una. Uno viene a darle su vueltita para ver que todo está bien y lo que hace es arrojarme agua bendita y levantar la cruz. Seguro pienso que tengo el chamuco dentro y no. Solamente le estoy hablando de mortal a mortal porque usted lo es…

¿Va a decir que no?

Eso es soberbia, Padre.

No hace falta que llame a la policía.

Me estoy yendo.

Capítulo de cuarta novela del ciclo Malanga


LA VOZ DE LOS PERSONAJES ES COSA SERIA

 

—¿Estamos todos ya? ¿Podemos empezar?

—Mire que es idiota decir tal cosa. Sólo usted tiene idea de con cuántos personas y voces trabaja. Es un desorden todo lo que hace…— es la voz de Clemente, bastante serio.

—Bueno, mando yo.  Silencio, siéntense. ¿Alguien sabe que estamos haciendo?

—Una “novela”, así le llama usted, pero es un total despiche—tercia Annette— ¿Cómo se le ocurre que yo quiero ser candidata si me va bien en lo que hago y, sin embargo, no aparece en el relato? Aprovecho para decirles compañeros que vendo jarras para café pintadas a mano bajo la escuela del expresionismo abstracto.  El estilo me fue condicionado por este escribiente, pues dice — o repite como loro— que la CIA inventó a Jackson Polllock.

Y, sin embargo, no hemos usado para nada mi arte. Ni una puta exposición en una feria de mercadillo.

Tanto joder para nada.

Ah, si alguno quiere una jarra, vale cien dólares. Aclaro que no tienen asa.

—Y, ¿por qué?— pregunta Miguel, el mecánico.

—Para subrayar lo creativo.  Es casi una jarra inútil, un objeto hedonista— responde la artesana.

—Arte es otra vara.  De verdad, que acá estamos jodidos todos. Nos falta, como siempre, dirección. Este escritor nos tiró al agua para hacer una novela donde el sicariato era un oficio legalizado en una sociedad moderna, pero lo que yo veo es una trama de corazones rotos en un barrio venido a menos— dice Favio mientras sostiene la mano levantada, como hacen los niños de primaria.

—Es que las historias suceden sobre la marcha— explico yo—. Cuando contraté a Annette me sedujo su natural patetismo, su caos espiritual.  Jamás creí que tuviese ese espíritu arribista a flor de piel y que se dedicara a sacarle plata a la comunidad.  ¡Qué hija de puta resultaste!— digo mientras le miro cara a cara.

—Sabe qué pasa? Le estoy salvando el pellejo. No vine a que me vieran la cara de tonta…Tampoco a aburrir al lector con historias de gente pisoteada por el capitalismo. Eso ha sido invento suyo, que es un zurdo de mierda, pero se disfraza.  Yo lo que quería de antemano era fama, pero nunca me puso en contacto con los grandes galeristas de Artificio, aunque me lo ofreció repetidas veces… Recuerde.

—Lo otro que quiero decirles es que tienen que moderarse. No es posible que el borrador cruce de mano en mano y lo vayan alterando. Les recuerdo que el escritor soy yo y que, si no he ganado el premio nacional, es por pura envidia del resto del país. Debiesen golpearse el pecho con un yunque por el orgullo de estar bajo mi mando.

—¿Mando…? No seas mío—responde Ramón Cifuentes, el actor que encarna al Alambres—. Te recuerdo que los de la Banda del Turco abandonaron la novela en los primeros capítulos porque sos un absoluto imbécil.  A gente de la calle, sobrevivientes que no saben ni escribir, los mandás a hacer trabajo burocrático. A ellos, también les prometiste un protagónico.

Por eso fue que apareció el militarote éste, que decís que trabajó en la Agencia. Sos un jetón: ni él, ni el Fernando Pudín, que hace de Lunes Misericorde tienen pasado militar.  Recordá que la misma estatura es un condicionante y ese mae que dirige Sicarios ni siquiera habla inglés… Del “yes, yes” no pasa y su condición física es un asco.

Claro, vos si pudieses, inventarías que estaba en la Loma de Hierba el día que le volaron el cerebro a JFK. Así como dijiste que Olga es premio nacional de periodismo, pero vos sabés que nunca se graduó:  la echaron de la U por plagio con el GPT.

Ese narrador que altera a otro narrador que cuenta a otro es muy trillado.  Es un juego de espejos, donde al final está tu sombra y todos los saben. Debieses pensar en escribir política porque te quedás en las formas a propósito.

Mirá, sólo quiero decirte que son otros trucos los que te salvan la novela.  Porque es una crueldad tuya decir que doña Cayetana falleció en el terremoto por un infarto al miocardio cuando, en realidad, cancelaste al personaje porque no te gustó para nada su dicción. Ah, y dejáte de mierdas y acosos:  dice Jenny que le echaste los perros. Hoy no vino porque está de guardia en el hospital pero ahorita te pone demanda.

—Ah, falta gente acá…— aclaro—. Es hasta ese momento que veo que no está Mendiola, ni Luisillo, ni Marina, ni Yamileth, ni Rosaura, ni los burócratas del partido, ni el pastor,etc.

—Puta, los ponés a ganarse la vida y luego reclamás porque no vienen. Sos un doble cara, ¡qué vergüenza!— Annette que, viendo que estoy perdiendo el dominio de la reunión, se empodera para acorralarme.

—Reconozco que lo de Mendiola es culpa mía. Lo dejé trabado en un tragaluz del viejo banco quebrado. Nada estaba haciendo allí, pero tampoco vi para qué sacarlo del lugar. Sospecho que habrá muerto de hambre. Es un tópico que no quiero seguir.

—Demasiado moralismo, compañero— interviene Ronald. No es su papel proteger a nadie. Allá usted lo que haga, pero si a un sujeto le toca mal destino, ¿a usted que le importa? Lo suyo es escribir y no meter mano.

—Meter mano es lo que hacés vos con la enfermera, cabrón. Te suprimí de unas escenas porque la novela se me iba al porno ya mismo.

—¿Ven, compañeros? Estamos en manos de un censor, no de un escritor.  Este chavalo tiene la mollera vacía y bajo un esquema amoral nos engaveta a todos en sus proyecciones. Tenemos que unirnos y resistir su dictadura.

Sólo falta que diga que los muertos no son muertos, sino representaciones de muertos porque acá todo es simulacro.

—Lo es— grito yo, que no despierto del asombro.  ¿Acaso ustedes creen que uno va y hace un libro matando a medio mundo y la cárcel no lo espera a la vuelta de la vida? ¿Por qué creen que las balas son reutilizables?

Repito: reutilizables. Simple, porque son de goma. A veces, usamos kétchup y soluciones de goma arábiga con tinta para representar la sangre y eso.

—Ah, otra cosa, míster. Usted nos hace mala sangre. Me ha puesto a decir que no me gusta Isa, que es bien fea. No es cierto y, además, yo no emito juicios ofensivos contra nadie. Aparte, sus cuentos de que tengo dineros ilegales y que trato con gente sombría, me hace daño. A mi casa, llegaron judiciales el mes pasado y me detuvieron cuarenta y ocho horas a ver qué sabía yo de los papeles de Panamá. Y no, yo no sé ni mierda— habla el chino, tan calladito que estaba.

—Yo creo que hay que partirle la madre— afirma el Retepiso, que estaba sentado cerca de mí con tremendo bate de aluminio en la mano y mientras se incorpora amenazante, hace una seña con los pulgares en alto para que todos se vengan contra mí.

Veo venir el batazo y trato de esquivarlo. Siento el impacto justo cuando caigo al piso en el borde del ojo, como si una bola de hierro quebrase mi mejilla.

He caído de mi colchón y tengo ensangrentado el pijama. La cabeza me duele una barbaridad y veo borroso. La pesa rusa que tengo siempre a la par de mi cama se tambalea aún por el impacto con mi rostro.

Pero las voces siguen protestando, creo. Lo digo porque me desmayo y en la cocina donde nos reunimos los personajes y yo, ahora arde Troya. Todos contra todos porque sí.

Como en el Viejo Oeste. O en cualquier pogo de los días del punk.

lunes, 10 de julio de 2023

Capítulo de cuarta novela del ciclo Malanga.

ORDENANDO APUNTES PARA QUE NADIE SE SALGA DEL CANASTO

El terremoto sobrevino casi a medianoche del ocho de agosto: siete grados Richter, pero en la comunidad se sintió cercano a diez. Las estructuras endebles se movían como posesas por una fiebre de cuarenta y dos grados.

El chino Clemente dormía en la trastienda cuando vio sacudirse toda la armazón de su negocio. Mercadería por el suelo, botellas rotas y pisos pegajosos, merced al derrame de bebidas edulcoradas.

En lugar de ponerse a restablecer el orden, se limitó a sacar dos maletas grandes que tenía bajo las tablillas del suelo, bajo una estantería.

Se sacudió el polvo, se peinó bien y pidió un taxi rumbo a un hotel céntrico de Artificio, el Cóndor. Un lugar turístico de cuatro estrellas y se hospedó bajo el nombre de Benjamín Repollo, turista español. 

Doña Vicky no vio mayores daños en su hogar, pues a pesar de las malas condiciones, allí todo se sostiene mutuamente. Las escaleras, por ejemplo, están calzadas con ladrillos de modo que el baile durante el terremoto fue minimizado. 

No posee mucha cristalería, así que lo poco caído no llegó a generar astillas o riesgos. Las hijas de Virginia juran haber visto ratas correr por todas partes, pero tienden a exagerarlo todo. 

De su parte, Luis quedó tan alterado que esa noche, luego de muchos años, mojó la cama. 

Rolando Mendiola estaba hasta las cachas dormido en la habitación del segundo piso de su bufete. Aunque la casa tomó una inclinación de unos quince grados hacia la derecha, el abogado no logró notarlo nunca. 

Los visitantes se sentían incómodos con el fenómeno, pero todos se resistían por pudor a tratar el tema. 

Tres semanas después fue que pasó lo que pasó: ya fuese que el jurista se suicidase o que se quedase atrapado en el cielorraso de un banco en quiebra que ya era un simulacro de sí mismo, nada más. 

Al narrador aclarar esto le vale un carajo. 

El taller de Miguelón quedó incólume: la ventaja de una construcción liviana, forrada en latones. 

El salón de belleza de Marina quedó en perfecto estado. Posiblemente porque ella tiene prácticas esotéricas y holísticas, mezcla de Blavatsky y Marie Condo. 

Yamileth se separó de Fabio, pues ya empezaba a olerse mejores esperanzas en el Partido Puritano para sí y ese hombre solamente le serviría de lastre. 

Le dejó también al carajillo que ya rondaba los once años, pero que no salía al sol nunca porque alguien le contó una versión distorsionada de los Teletubbies donde el astro mayor se comía al cuarteto de enanos imbéciles. 

Ya dijimos que la secretaria de Mendiola se piró con el menaje de la oficina. 

Y hay un montón de chismes más, pero no jodan por ahora. Estoy con la novela y voy a enfocarme un poco porque, de lo contrario, las moscas son para mí como alfombras persas: me distraen y me pierdo. 

Además, esto no es epílogo. De hecho, a partir de ahora, aplicaré medidas de contención porque si no, me pongo a jugar con aquello de buscar la novela total y eso sí que es una absoluta huevonada. 


 La señora Gallinés volvió a Tres Vidas a la mañana siguiente del terremoto con una brigada de predicadores y amas de casa, que repartían víveres, agua, ropa entre los necesitados. A las tres de la tarde, hicieron olla de carne en la plaza de deportes y una multitud notoria, salida de los cuatro puntos cardinales acudió por ella. 

La justa aparición de Olga Patogreis, reportando en vivo para La Patraña, le vino al pelo. El pastor candidato andaba de goma esa mañana y decidió evitar el encuentro con la prensa para no evidenciar lo demacrado que le dejaban las drogas mezcladas con el tequila. 

Así que Ana pudo ser el centro de atención de esa tarde: en primera fila, con cuenco en una mano y cucharón en la otra, dándole caldillo y afecto a los necesitados. Quién sabe de dónde salió una cámara y otra que perseguían a la candidata vice de tal forma que el encuentro de Evita y Perón la tarde que se conocieron en medio de los apuros que había generado el terremoto de San Juan en el 44 pareciese apenas un teatrillo de marionetas ante la nueva improvisada producción y consecuente éxito de la señora Gallinés.  

Aclaremos que servir la sopa no convierte en héroe a nadie: lo hace la presencia de las cámaras, las luces y un hito conveniente. Tanto fue así que en el barrio se dice que fue un montaje. 

Eran casi las siete de la tarde, pero aún no caía la noche. Sin embargo, la merma de la agitación había dado lugar a intervalos de silencio y era posible, gracias a ello, detectar el compás de un reloj cucú o de una herramienta que trataba de despegar una lámina de zinc que tapaba el paso. 

De repente, Annette detectó un hilo de voz que venía de debajo de los escombros de la quinta casa de la acera norte. Se dirigió casi de inmediato al sitio preciso y con una ayuda de una viga de madera, empezó a hacer palanca (antes se aseguró de ser seguida por todos los reporteros que mosqueaban en el área). 

Eso fue genial: Ana estiró la mano y la sumergió en la oscuridad de los escombros: una niña rubia, de cuatro años, se aferró a ella y ni lerda, ni tonta la candidata hizo la pantomima de salvar a la menor. 

O la salvó. 

Y no quedó allí. A continuación, emergieron de los mismos escombros otro niño de ocho años; uno de dos y medio; una señora de setenta y cinco años y dos gallinas chiricanas. Todas se asieron, a su turno, de los brazos de la señora candidata que parecía no sudar, ni pensar en nada más que socorrer a la comunidad. 

Esa misma noche, en los telenoticieros corría la estampa de la señora que, vestida de crema, no tuvo reparo en ensuciar su ropa por salvar vidas. 

Ni la Perón tuvo tanta suerte. Estaba en el escenario, bajo los focos, ante la mirada de todos.

A ver qué podría ocurrir ahora: se montaría sobre la ola del éxito. 

Ahora, yo recorrí a pie la comunidad unos días después. Es que me dicen el loco, porque cuando no estoy trabajando, me dedico a interpelar a todos los que pasan por acá. Algunos no me dan bola. Otros están urgidos de soltar sus penas o de opinar hasta de lo que no saben. 

Ninguno había visto antes a los rescatados de esa noche. Nadie en la comunidad tenía gallinas. Nadie reconoció a los niños, ni a la vieja. 


 Dicen que, al regresar a casa, Ana sintió impulsos de hacerse un rodete como el que usara la señora Duarte cuando asumió como la antonomasia del poder en Argentina. Sin embargo, nuestra amiga se limitó a quitarse la peluca rubia que portaba y se limpió el maquillaje. 

Cuando terminó, se sintió radiante, cambiada. 

Dos minutos después, se quemó la bombilla del cuarto de baño. 

Es que esas instalaciones viejas son un verdadero atentado. 

Sin embargo, Ana siguió durante el resto de la campaña electoral, posando de perfil y con su corte de italian boy, con rayitos.


sábado, 8 de julio de 2023

Capítulo de cuarta novela del ciclo Malanga

EL RECLUTA SE ENCUENTRA BAJO OBSERVACIÓN, NO HAY DE QUÉ PREOCUPARSE

 

Me pregunta usted si Lunes trabaja para nosotros.

Sí y no, permítame explicarle.

Él fue de los primeros reclutas que tuvimos. Nos pareció doloroso que un veterano de guerra viviese como empleado de una librería de viejo, que ni seguro social le ofrecía. Nosotros ya nos habíamos cruzado antes en diferentes misiones pues ahí donde lo ve, el señor Misericorde estuvo en fuerzas especiales y luego, durante dos o tres años trabajó para la Agencia.

¿Cuál Agencia?  No sea majadera. Eso averígüelo usted si no teme por su vida. Acá no podemos decir el nombre completo. De las cosas de seguridad, se mantiene sigilo.

Lunes era un empleado responsable. Dos tiros por persona repartía y bien ubicados, casi siempre en la frente del candidato. Eso no quita que los otros compañeros lo molestasen por su estatura y por su supuesta fragilidad. Le habíamos condicionado a no mostrar sus dotes de carnicero, así que, ante una estigmatización, simulaba intentar patear al infractor y éste lo detenía con el estiramiento de sus extremidades superiores que colocaba sobre la cara del enano.

Casi una chanza, totalmente en regla.

Fue la octava misión de Lunes la que le trajo el castigo. Yo sé que lo han visto repartiendo volantes nuestros en este barrio y en el centro de Artifiicio. Es la pena que le impusimos para ver si ha ganado autocontrol. Ese día, una mujer cuyo nombre debemos mantener en reserva, esperaba que acabásemos con su marido, un importador italiano de telas que tenía tratos con la mafia. Si estoy hablando en pasado, es porque luego se completó el trabajo.  Era un jueves y el maldito enano se levantó con el santo de espaldas.  Verá usted, por su estatura, él debe colocar el revólver en diagonal al rostro de su objetivo, de modo que dispare hacia arriba…

No podía ser distinto con un caballero que superaba el metro noventa, aunque estaba en recuperación de cierto malestar en las rodillas que lo motivaba a andar despacito.

Pues bien, justo en el momento en que lo pone en la mira y dispara, una mosca se posa en la nariz del gatillero. Éste se incomoda y pifia el disparo.  En consecuencia, dos maravillosas lámparas de araña, traídas de Italia se hacen trizas.  Las astillas de cristal de Murano salen en todas direcciones casi hechas polvo y sus pequeñas agujas alcanzan a lastimar al gato persa que reposaba cerca de la chimenea, a pesar de estar ella apagada.

El animalito sale corriendo en busca de su ama que lo acoge en brazos. Luego de entregarlo a su ama de llaves, doña Carmena muy enojada se acerca al tirador con tremendón botellón de vino, que le estampa en la frente. Lunes es un maldito cabeza de piedra: resiste el golpe y, casi de inmediato, reacciona:  muerde a la mujer cerca del codo y, como si fuese perro de traba, no la suelta.

Los compañeros de equipo de Lunes, para evitar males mayores, lo deben anestesiar con trapos empapados en cloroformo. Acto seguido, lo amarran y lo meten en la cajuela del coche empresarial.  Y llaman al 911 para que asuma la curación de un daño colateral, que pega gritos y maldice peor que las doñitas del mercado cuando alguien les intenta robar un rollo de culantro.

La no viuda amenaza con demandar a la empresa por el sufrimiento emocional y otras pendejadas afines, pero condiciona no hacerlo a que el contrato se cumpla de inmediato. Así que mientras Lunes Misericorde es trasladado a una jaula de terapia dormido, otra unidad de Sicarios se acerca al punto para terminar la tarea.  Solamente se demoran en preparar un reporte explicando que esta vez gastarán dos balas adicionales debido a un accidente que cubre el seguro de riesgos de trabajo (adjuntar número de póliza y último recibo cancelado).

Cuando tienen todo listo, van directo al balcón donde el señor Malvadini está brindando por su sobrevida y sin decir “agua va” le pegan dos tiros que hacen blanco simétrico sobre cada ceja.

Nosotros quedamos muy contentos de dar buen servicio a gente de bien. Fíjese usted que doña Carmen, preocupada por el sufrimiento articular de su marido, estaba urgidísima de aplicarle la eutanasia, cosa a la que su marido se negaba.

Era, pues, necesario el factor sorpresa.

¿Me desvié del tema? Perdone, me gustan las historias. En cuanto a Lunes, es un hombre adulto —ya pasa los cuarenta años— pero es peligroso.

Ud. sabe quedan secuelas, psicosis de guerra.

Jamás lo infiltraríamos en una escuela, no.  Quitarse la barba fue otro yerro que cometió sin avisarnos y nos dimos cuenta porque el Comité de Buenas Costumbres del vecindario Tres Vidas no mandó extensa carta con cuarenta firmas.

Tranquilos, no volverá a suceder. Si todo sale bien, le daremos de alta como sicario hacia el mes de marzo venidero. Sólo tiene que mantenerse sin síntomas de rabia unos meses más.

También sabe que si vuelve a morder a alguien, somos duros.

El reglamento estipula que le toca ser sacrificado.

martes, 4 de julio de 2023

De Fantasmas de la ciudad dormida (2021)

EL OJO INSATISFECHO


Para vigilarlo todo
Trepa a la ladera
Se esconde tras el pasto
Contra el correr del viento
Y espera
Abajo pasa un río de huesos la miseria
Pasa un desfile de payasos los políticos
Pasa un huracán de papeles el derecho
Pasa un ornitorrinco de tristeza
Un millón de grillos disecados
Una centena de flores esponjosas
Y no
La verdad nunca pasa por la tierra

lunes, 3 de julio de 2023



Un capítulo de la novela Malanga.

RELATO DE CLO

 

—Usted no contesta los teléfonos. De las últimas cuatro cuotas, no ha pagado una y la última vez que vino fue el 18 de setiembre.

—Estuve en el hospital y tuve una septicemia.  Hasta ahora me levanto.

—Esa es una contingencia que no podemos asumir, señora.  Nuestros abogados tienen el expediente para ejecutarlo, desde hace quince días. Puede usted llamar a este número y coordinar con ellos. Usted sabe que la ejecución exige el pago de la deuda y los costos del caso. Buenas tardes.

Doña Clotilde Serra arruga la cara con ganas de quebrarle una costilla al oficinista y sale del cubículo, dando un portazo.  Antes de su enfermedad ha pagado a puntualidad su hipoteca y la salud le ha venido a boicotear, de repente, con esos agujazos al apéndice que no fueron tan inocuos como esperaba.

Ofuscada pasa a la panadería por unos cangrejos para el café. El viejo Carlos la atiende enseguida y le pregunta qué le tiene predispuesta. “Esos hijueputas del banco”— dice, pero se resiste a desglosar su molestia.

Luego, sigue camino a la oficina, mientras siente que la presión arterial le crispa las sienes.

Sube hasta el tercer piso en el ascensor.  Capta el aroma a desinfectante de limón que siempre apesta. Hay colillas de cigarro —seis colillas— arrinconadas al fondo. Siempre ha visto con molestia el aseo del ascensor, pero no logra ubicar a quién culpar. Los conserjes rotan entre pisos y así van, y nada cambia.

Doña Clotilde trabaja en ventas desde siempre. Tiene más de treinta años en la Nacional del Papel y un buen desempeño. Sin embargo, durante su incapacidad, no recibió más que medio sueldo. Y de comisiones, nada. Ni una tarjeta le llegó de la oficina. Para cuando ella regresa a labores, la semana anterior, con el dolor de cabeza de las deudas y el desorden que implica que alguien meta mano en sus tareas, los clientes de su cartera han pasado a otras manos. Dos de los mayoritarios se fueron a buscar nuevos proveedores.

La cartera de cobros está con alta morosidad. Se lo ha contado Susana, la secretaria, por teléfono; las gestiones le quitan la mañana. Luego, la rutina después de la actualización sobre los nuevos productos y la conversación necesaria para tener con bien a los encargados de compra. Suele enviarles regalías, pero esta vez, recién llegando, no hay muestras ni dispensas que ofrecer.

Y en la tarde, programar giras a provincia: tres días por el sur.

Los compañeros de la fuerza de ventas tampoco se interesan demasiado. El tiempo perdido hasta los chanchos lo lloran —decía Silverio, el de contabilidad— cuando alguno se quejaba de tener un mal mes.

En la gaveta derecha del escritorio, hay cien envolturas de confites, pero apenas dos no están vacíos. Son de menta. Los deposita en el bolso. Alguien le ha dejado el escritorio lleno de apuntes y datos en papeles, aunque sin decir a qué corresponden: boletas inútiles. Y las carpetas de su cartera las tiene Toño Saavedra, que ha logrado buenas ventas en su ausencia.

Recoge y tira al basurero lo que corresponde.  Va a la máquina de café del pasillo, con la intención de un café negro y sin azúcar. —Quemarse la garganta ayuda un tanto a la energía— piensa mientras da el primer sorbo y desvía la miraba hacia el entorno. En el basurero, junto a la máquina de espresso, mira cuatro o cinco máscaras de látex. 

Le parece curioso. Recuerda que dos o tres meses antes, con el traspaso de poderes, arrendaron el octavo piso, para instalar allí una dirección regional del Ministerio de Salud de Malanga.

Llueve pelo de gato. Son apenas las ocho y veinticinco y ya está la calle empapada y el tránsito, escandaloso. Al mirar por las celosías, puede detectar a un par de tipos que aplican un candado chino al vendedor de lotería, le arrebatan el bolso y corren. Un policía los ve pasar, pero ocupado con su celular, se desentiende de inmediato del episodio.

La mañana avanza sin sobresaltos.  Logra acordar pagos y arreglos con la mayoría de sus clientes. Le ha faltado uno, pero ha muerto de un infarto en el interín de su ausencia. Se promete programar una visita de pésame y sondeo de cobro antes del fin de semana.

Logra tomar varios pedidos. El nuevo producto llamado papel fraudulento es un imán.  Le dicen en la proveeduría del Gobierno central que preparan una compra de doscientas toneladas en formato carta de 80 grs. También hay mucho interés entre abogados, contadores y pastores para este producto. El precio no es problema, ante la satisfacción obtenida por los usuarios.

Toño sabe que Clo debe la hipoteca.  También hace números y calcula que, a ella, no le alcanza su ingreso para sostenerse a flote. Así que, a la hora del almuerzo y antes de que ella se levante del cubículo, aterriza a su vera con una silla y dos cafés.

 

Del apartamento de Clo al banco, hay ocho cuadras y tres del mismo a la compañía donde labora como ejecutiva de cuenta. El primero queda hacia el este y la segunda, al norte, bajando la cuesta.  Es esquinera la edificación y ella ha comprado, hace siete años, doscientos metros cuadrados en el cuarto piso. Tiene buena relación con la gente de mantenimiento y ha cumplido con las cuotas comunes, aun durante su mal trance. No hay en el edificio menores, ni animales, mas sí un reglamento de convivencia bastante drástico para dar paz a todos los condóminos.

Es lo que mira Luis Segura a esa misma hora. Se presenta como un comprador ante el guarda y éste le permite ver el apartamento modelo. Todos son iguales en cuanto a distribución espacial y queda a criterio de cada inquilino modificar su interior, le dice el hombre de seguridad convertido, en un dos por tres, en agente inmobiliario. En el diálogo sale a flote la regularidad de los servicios públicos, la disponibilidad de cable e internet y la seguridad del barrio.

—Las Momias es uno de los barrios más tranquilos, ¿sabe? —comenta este señor con corbata, que ya no procede como guachimán de casetilla y ahora es un corredor aplomado—. No escapamos al crimen porque el país anda mal, pero pasa con menos frecuencia.

Y es cierto, la barriada ha sido, en su momento, ostentosa y hoy es ligeramente decadente. Han quedado muestras de la antigua opulencia y algunas casas se conservan y otras se derrumban a poquitos, como un reloj de arena.

Lo fregado es que, de noche, llega gente a comerciar su cuerpo con desconocidos, que llegan en coches polarizados. Eso nunca se le dice a un comprador, lo sabemos todos.

El cliente toma apuntes de las referencias que considera interesantes. Historia del barrio, valor de la tierra, bancos y comercios en la zona, etc.  Aclara de paso que es corredor de oficio, aunque emana cierto aire de sobreviviente. Dicho esto, se marcha y camina hasta una parada de buses. Tal vez desentona un poco por ir de traje gris oscuro, corbata azul y camisa blanca, ropa que ha adquirido en tiendas de outlet.

Segura tiene 42 años recién cumplidos, hace seis años. Se quedó estacionado allí y sigue con la vida irregular de quien no tiene compromiso, pero es divorciado, tiene dos o tres hijos —eso no lo sabemos claro— porque no tiene memoria de sus affaires y es, básicamente, un gavilán que hace comisiones para altos ejecutivos. De noche, es hombre de bares, a los que sale de cacería por amores de corto plazo. De día, husmea, averigua, investiga, chantajea, amenaza o sencillamente recolecta datos para aquellos sujetos. Se puede decir que no tiene patrono o que tiene varios. En todo caso, armoniza su naturaleza lumpen con frecuentar cafeterías de moda, las de franquicia, que te venden el peor café con un sobreprecio de locura. Allí logra transar con gente que también flota en el sistema. De tal forma que no debe cotizar a la seguridad social; se enferma poco o nada y si llega  a suceder, pasa tragando paracetamol y diclofenaco y afines.

Ya en el bus hace una llamada no sabemos a quién.  Pasa los mismos datos que recolectó cruzados con algunas observaciones personales sobre el estado general del inmueble. Mientras lo hace, saca un cigarrillo y fuma aprovechando haberse sentado al fondo, el último asiento junto a la grada.

 

Ciudad Artificio, la capital tiene muchos bancos y procura estar a la moda. Grandes capitales evaden, sin que nadie los persiga, las cargas tributarias. La clase gobernante tiene muchos cuestionamientos, por lo que no se espera que un gobierno gane dos elecciones de forma consecutiva. Merced a ello han creado un sistema de partido que ha crecido ficticiamente de forma exponencial. Del bipartidismo de los años sesenta, se llegó en los ochenta, a ocho partidos. Al presente, ya son más de setenta y casi todos profesan la misma ideología. Así acudimos a la falsa pluralidad de una aldea, donde los caciques mueven los dedos para que las marionetas de turno ejerzan lo que llaman democracia, pero es el mecanismo con el que los poderosos mantienen el sistema a merced de sus intereses.

La huelga nacional estalla justo en los días esperados por Clotilde Serra para presentar la oferta de papel fraudulento. Es por todo y por nada: no hay aumentos salariales hace rato, hay inflación, las escuelas carecen de pupitres —algunas no tienen ni siquiera techos en buen estado— los medicamentos están por las nubes y acaban de reestructurar —mejor dicho, suspender— el derecho de huelga. La pluralidad de los nuevos legisladores no es mella para que se pongan de acuerdo, ante las órdenes del empresariado.

En consecuencia, Clo siente una zozobra en alza sobre su bienestar futuro, pues si se cae o demora la contratación, su plan de liquidez se jode.  Ya a estas alturas ha pactado con un prestamista por seis millones, lo que le ha permitido ponerse al día con el banco y pagar los honorarios y otros reveses y quedar como amigos con esos malditos ladrones.

Ahora, aparte del estrés que provoca el sistema, la vida de ella es bastante regular.

Lo que habla con Saavedra meses atrás, con dos cafés y en su cubículo, el narrador no lo sabe y no es vieja de patio para especular nada.  Sin embargo, los compañeros rumoran que Toño es prestamista; coloca plata de sus viejos a un interés mediano y, supuestamente, todo el edificio le tiene una prenda, una hipoteca, un pagaré. Nada que no sea producto de las imaginaciones enfermas de la gente que trabaja entre cuatro paredes y ve poco el sol. También se dice que al hombre le gustan maduritas y que estaba coqueteándole a la convaleciente.

Basura a la que no puede sustraerse el tipo que escribe esta historia, en aras de la objetividad. Además, se sabe que una enemiga de la señora Serra habría pagado unos cuatrocientos mil colones a un narrador de cuarta para que dejara mal parado el prestigio incólume de la buena Cloti.

Ni tan buena, pues los vecinos del condominio afirman que ella se roba las plantas de las zonas comunes, pero no aportan prueba. Y que se sepa, no hay expediente judicial abierto.

Sin embargo, lo cierto es que la tarde de la molestia en el banco, una de las llamadas que atiende en su oficina no la está esperando. Al ser casi las cuatro —la oficina se detiene a las cinco— un sujeto que se identifica de forma inútil, —pues su nombre tampoco aporta certezas— le manifiesta interés en el inmueble.  Le ofrece pagar en efectivo el 20 % de contado y asumir la hipoteca. Así ella se llevaría unos pesos y el embargo no la dejaría tan en la calle.

No puede más que decirle al hombre que lo va a meditar, aunque el sujeto presiona y, de hecho, le llamará dos veces más antes de terminar la semana. La incomodidad que le queda del incidente es pensar cómo se riega la bola de que su hipoteca está en mora.

Luis Segura ni conoce a la propietaria del apartamento y esta vez tampoco se siente muy satisfecho, pues cuando lo que hace son camarones de corte legal, le pagan poco.  Lo que pasa es que necesita tener contentos a los que lo frecuentan. Cuando llega a su casa, duerme el resto de la tarde y despierta, para sintonizar las noticias de las siete,

Lo único que omite el narrador sobre este truhán es que, en la escalera, a la altura del tercer piso, un clavo oxidado le ha roto la palma de la mano. La herida no es tan grande pero el sangrado es profuso y el guarda —otrora corredor inmobiliario— le facilita una camisa vieja para que contenga el sangrado y luego se marche sin comentar mayor cosa. La gente que la pasa duro se acostumbra a imprevistos así.

Dicho esto, debemos recordar que el narrador es de baja calidad, de cuarta. Hace esto no por vocación, sino por hambre. Qué le importa contar la vida de nadie o de los habitantes del barrio Las Momias en Ciudad Artificio o los problemas de la vida costera de los habitantes de Malanga. De hecho, esto que pretende ser una novela no lo es. Es un collage, un pastiche de diversos autores que se cansaron de ser bailados por el editor que los contrata. En consecuencia, renunciaron. Nosotros nos hemos permitido rejuntar todas las escrituras y hemos decidido no cribarlas. Les hemos buscado pies y cabeza y argumento y, si carecen de sentido, no es tema que nos toque. No creemos que alguien tenga los derechos de autor, pues los indigentes —perdón, he dicho mal— los autores trabajan directamente en nuestras computadoras.

Hasta que les pateamos el culo y los de seguridad les dan duro en el callejón.

Volvamos. Algo pasa en el banco para que un civil se entere que otro está en problemas hipotecarios y lo contacte para comprarle la deuda, con descuento. Alguien no respeta los derechos del cliente y puede ser el oficinista que lo atendió o bien, un oficial de crédito. E incluso puede que, más arriba, los hilos se conecten con los únicos que merecen llamarse banqueros por estilo de vida y todo: los directivos.

Esto se lo ha encargado la editorial al señor Peter Guardia, investigador privado. Es como Tom Selleck, pero lo contrario. Más bien como Columbo, Peter Falk. O tal vez está en silla de ruedas como un detective de los setenta, ¿quién era…? Canon, creo.

 

Pausa, entretanto traemos un nuevo escribiente. El anterior nos salió indeciso, bruto. Sin saber adónde se dirige un personaje, no se le nombra. Nos ha tocado separar la página del detective y decir que esa tarde llueve como nunca en Artificio y, en todas las bibliotecas del país, las goteras son como el chorro del grifo.

Además, el tipo ha pretendido meterme como uno de los escribientes y que confiese mi natural afición al matonismo. No le hemos pagado y no le pensamos pagar.

—En su momento, cortaremos el párrafo alusivo: no hay violencia, ni detective, ¿ok?— Lucas mira su Relox, al que le falta el minutero y calcula la hora.

Lucho Segura se entera en las noticias de la caída de treinta personas en una supuesta red de lavado. Varios allanamientos simultáneos han permitido desmantelar la red y el decomiso de coches de lujos, mansiones y efectivo. Cree escuchar un par de apellidos de gente que conoce, pero de inmediato asume que los nombres de políticos nunca resultan extraños.

Ya a esa hora tiene una marca verdosa en la palma de la mano, la que se cura con gasa y alcohol. Eso lo complementa con un par de desinflamatorios. Editor, dígame: ¿cuál día es cuando cae la lluvia?

A la mañana, va al consultorio estatal y le ponen la antitetánica. Allí conoce a una enfermera divorciada, Amanda. Más tarde dirá que fue amor a primera vista y todo eso. Sin embargo, cuando vuelve al sitio a preguntar por ella se entera de que era interina y posiblemente trabaje ahora en provincias.

 

Salto temporal de garrocha:  no muy extenso. Clotilde ya ha pagado las cuotas y ahora tiene una deuda extraordinaria de seis millones por fuera.  Ha pasado la huelga.  Duró seis semanas y media. Todos los días, el Ejecutivo llamó a los sindicatos a negociar y al día siguiente no les cumplió. Difamó a los gremios ante la prensa: inventó peticiones abusivas, que los trabajadores nunca presentaron.  Todo para hacerles quedar como privilegiados y corruptos. 

No obstante, el Gobierno central sacó un decreto de emergencia para una compra del papel novedoso, el fraudulento. Una calidad de hoja blanca que soporta lo impreso durante treinta y seis horas. Luego, el proceso químico deja, de nuevo, inmaculada la hoja y el texto nunca más se recupera.

La Casa Presidencial está urgida. La señora Serra saca provecho de la urgencia para meter un sobreprecio, que le permitía dar su dádiva al director de la Oficina de Contratación Administrativa y, de paso, sacar una mejor tajada.

Toñito Saavedra ve pasar doscientos mil pesos, por guardar silencio ante los otros vendedores, sobre las prácticas duras de la vieja.

—Pará… ¿Has visto que hasta Clotilde es una persona respetada?  Seguí así.

—“Toñito Saavedra vio pasar doscientos mil pesos, por guardar silencio, ante los otros vendedores sobre las prácticas duras de nuestra Clotilde, de ojos verdes.” ¿Ok?”

Así emparejó nuestra amiga sus finanzas que naufragaban.

 

Ojos verdes, finanzas que naufragaban. ¿No pueden escribir ni una página que evite la cursilería? Bueno, no vamos a corregir o este rejuntado, o la novela no sale ni en cinco años. Se trata de que sea una obra boluda que nos saque –a la editorial, a quién más— de volver a trabajar.

Verdes también están los rostros de los vecinos del campus universitario del este. Cuando hay lluvias así, se forma en las calles una nata de agua de más de un metro de altura. Los comercios se inundan y los objetos llegan flotando a las ventanas. Las ratas emergen enormes y se trepan en los muros a esperar que descienda la marea. La ministra de Ecología, Ana Carrillo, afirma sin embargo carecer de presupuesto para proceder a destapar o remodelar el viejo alcantarillado.

De hecho, si antes era asidua de la zona universitaria, ahora no le ven el humo. Se comunica por la prensa por escrito o su secretaria manda un corto vídeo y punto.

Ese día pasa flotando frente, a la parada del colectivo, el cadáver del profesor Guevara Pino. Le falta mucha carne ya para ser reconocible, pero los forenses dictaminan su identidad en pocos días, merced al ADN y a la denuncia de desaparición, que ponen sus hermanos.  Dos estudiantes, entonces novios, Ana y Jimmy, el mismo que, meses atrás, estuvo en el bar donde murió que un tipo infartó sobre la barra y que ha perdido el curso nuevamente, están allí y miran pasar el cuerpo carcomido. Mañana a primera hora visitarán el mismo consultorio psicológico, pues esa noche no logran conciliar el sueño y sienten como si la muerte les persiguiese.

Falta aclarar que Lucho pierde la mano izquierda, dos meses después de su incidente. La infección no cede y optan por amputarle en la muñeca. Igual que pasa tantas veces, el paciente nunca registrado en la seguridad social reporta una dirección y datos falsos, así que no va a las citas de control, pero el muñón le sana según lo esperable.

Clotilde no se entera que el sujeto ha pasado por su edificio a recolectar información y, sin embargo, encuentra una cadena de plata con un crucifijo a la orilla de su apartamento. Lo recoge del suelo, no dice nada y lo deja enfriar más o menos ocho meses antes de proceder a usarlo.

No vaya a ser que pertenezca a algún vecino.