domingo, 29 de octubre de 2023

ANACRÓNICA

No hace frío para el caminante
Cuando recorre barriadas conocidas
Porque es ajeno de sí mismo
Posiblemente recorre tiempos paralelos
Y la misma calle no era tan esquiva
No había tanto lote abandonado
La gente no se guardaba tras las rejas
Para sentir protegido de amenazas
Los chicos pateaban libres la pelota
La escondían al ver a policías
Porque esos cabrones la requisan
Sufría envidia de la infancia
No hace frío es medianoche
Uno diría que la penumbra es gelatina
Y que a diez pasos le esperan los cuchillos
Es que el sujeto teme lo vacío
Y se llena de miedos desde adentro
No hace frío para el caminante
Alguna vez estas calles fueron suyas
Y ahora son apenas referencia
No sufre de frío el caminante
Parece estar perdido en otra tierra
Una espuma en la garganta le lubrica
Lo incomoda un saco de extrañeza

HA PASADO MUCHA AGUA BAJO EL PUENTE

 

—Mirá que pasan cosas. No sabía de la muerte de tu primo, pero menos iba a saber que se llevó en la tira a los vecinos. Es que somos así: tan normales nos vemos, pero la bomba de tiempo está ahí.

Nada peor que vivir en un vecindario de hijueputas: que esto que lo otro. Camilo me había contado que los perros se comían las flores y hasta se cagaban en su patio. Él no quería cercar el perímetro, pero por cautela decidió hacerlo. Y los perros excavaban los pilotes y se metían por debajo.

Una que otra vez me habló de envenenarlos, pero eran tres, ¿qué tal si alguno se le tiraba encima? Semejantes mulos, tan violentos que era de pensarlo cinco veces y luego arrepentirse porque el sentido común te dejaba las cuentas en rojo…

La cosa es que hoy no fui a trabajar y te llamo para ver si querés ir a tomar unos tragos. Tengo unas ganas cabronas de una olla de carne y, de paso, hablamos porque hace dos décadas que ni el saludo nos damos.

Sabía que Camilo era filósofo y vivía solo. ¿Que estaba medicado por depresivo? No, eso no. Siempre fue un tanto disparatado, de pocas palabras, meditabundo. Fonseca le decía “Vegetal” y todos nos cagábamos de risa.}

Me reporté con paperas. Temprano fui al ebais para que el médico me certificara... No, no estoy enfermo. Adiviná qué médico atiende allí: Llobet, el robaloncheras.

Le dije y en dos patadas me dio el certificado. Me dijo que si era del caso hasta la defunción me hacía, pero pagando por anticipado…

Así que me saqué el resto de la semana. Pensaba escapa a la playa, pero la verdad es que el calor es algo maldito. Está uno mejor en casa que pagando facturones por dormir, por comer, por el sol o por la sombra.

Tengo el teléfono de otra gente de la generación. Los llamó y hacemos una barra bonita. Aunque tenés razón: en los grupos grandes cuesta más conversar es una charla llevadera. Le diré al Chino y a Zavaleta, los informáticos porque son carambas de buena conducta y con ellos se puede compartir bonito.

Te aviso que llevo gafas y una peluca afro. Es que con la incapacidad no deben verme en la calle. No me atrevo a meterme en los bares del centro donde vamos todos los burócratas porque en dos momentos me agarran. Ah, pero las cantinillas de las barriadas del sur atienden bien y con buena cocina.

Decídete si vas porque esa historia de lo de Camilo necesito completarla. Me gustaría saber cómo un budista se puede transformar tanto, cómo lo alcanzó la ira. Yo recuerdo que al tipo le pegaban en la cabeza con un mango lanzado desde el fondo de la clase y él, decentemente, se limitaba a recoger el mango y ponerlo sobre el escritorio de don Peregrino sin dar la queja. El roquillo lo miraba con curiosidad y pensaba que nuestro amigo era chapado a la antigua y le había traído fruta desde su casa.

Esto pasaba todos los martes en clases de dibujo antes de que la clase se acomodara según el espejo de clase. Si uno hubiese revisado las ubicaciones, hubiese dado que Willy era el que tenía entre ceja y ceja a Camilo.

Lo odiaba a muerte. Alguna vez hasta dijo “qué ganas de matar a ese…”, pero blofeaba. Es que le caían fatal los nerdos. Le parecía que el silencio de tu primo era la forma más sutil de jugar de vivo.

Bueno, Retana. Está sonando el timbre y voy a atender. Vos revisá si podés llegar y me llamás; yo paso por vos a eso de las siete y si es del caso, por los demás. Cada uno paga lo suyo y para que escuchemos, nos turnaremos para contar historias. No vaya a ser que vos que hablás tanto, monopolicés la charla.

Un abrazo.

Zelaya cuelga y guarda silencio. Diez segundos después se toma la mejilla izquierda para verificar si está inflamando porque el dolor se le está haciendo evidente, cosa que el ibuprofeno resolverá en un rato.

Antes de buscar la pastilla, abre la puerta pero no es que tuviese sonando el timbre. Es que la sala se ilumina mejor si dejamos entrar el sol de las diez y media y de paso nos ahorramos unos pesos en el recibo de electricidad.

 

Otra vez, el cura Pedro se sorprende de sus desvíos literarios. Se supone que hoy iba a trabajar un poemario religioso, pero se deja llevar por las ocurrencias y uno diría que trama una novela negra. Nada más que si algo enfada a este cura es la idea de que los crímenes deben ser explicados o resueltos.

Él se resiste a eso. Piensa que los crímenes deben ser especulados y que el paso de las horas —cómo dicen los policías— distorsiona toda evidencia hasta que la narrativa acaba por contar el crimen cómo no fue. O sea que si alguna vez le toca leer un expediente criminal será para saber lo que nunca pasó y dejar abierto el abanico de acontecimientos a lo que pudo pasar.

viernes, 27 de octubre de 2023

Bombeteando sobre la quinta novela, (apenas textos sueltos que luego deben hilvanarse).

CARDENILLO QUE PARECE CONFESAR SUS FALTAS, PERO ES SÓLO ESCRITURA CREATIVA

Cuando crucés la puerta, estarás perdido. Pensálo bien: nada vas a mejorar con confesarte porque el daño ya no tiene vuelta de hoja. ¿Qué pasa porque te apoderés de una colección de antigüedades que fuiste acumulando en nombre de tu anterior parroquia? ¿Acaso no son bienes terrenales? ¿De quién ha sido el esfuerzo, la chota, la majadería para lograr que los feligreses se desprendiesen de una vajilla antigua de plata, de unos candelabros de bronce, de unas sillas talladas en cenízaro…?
Porque las cosas no llegaron solas. Tus buenas cafeteadas te pegaste y tuviste que jugar de simpaticٴón y condescendiente con ese chorro de pecadores adinerados de tu anterior comunidad. Mirá que es el colmo reírle las gracias a un tipo que atropelló sin querer a un indigente, pero no tiene perdón que en la homilía dominical retorzás la escala de valores para hacer quedar como un acto heroico la irresponsabilidad de don Rodrigo… Claro que no vas a decir su nombre: tan sólo blanquearás el pecado.
Cuidado y no vaya otro hijueputa a querer imitarlo, ojo. Porque algunos feligreses se quedaron jetiabiertos esa vez que hiciste de un nota luctuosa, una frívola celebración de esperanza para la víctima de que “está en un mejor lugar”. Dijiste eso y con el pañuelo te secaste la frente, tres veces, como emulando a Pedro.
Sin embargo, ser lamebotas no es delito. Es lo que te mantiene vigente y con amigos en todas partes. Dicen que hasta sonás para ser la mano derecha del obispo. ¡Mirá que orgullo! Vos tan campesino —no lo sos, no mintás— tan choricero, quedabién, tan reprimido. Imagináte el chance de rozarte con la crema y nata de Malanga y el museo personal creciente…
Tendrías que alquilar una casita por ahí. Como si tuvieses un affaire con alguien. Es que uno debe prevenir que las cosas no se mezclen; no vaya a ser que se repita lo de la vez anterior cuando, al cambiar de parroquia, casi te expropian hasta los calzoncillos. Vale que te mudaste de noche, un par de camionzotes destartalados, pero amplios donde metiste de todo: cuadros, esculturas, cómodas, reliquias porque estabas convencido de que eran de tu propiedad.
Eso es discutible, lo sabemos. Otra cosa es que desde tu caparazón de soberbia, pretendás juzgar al mundo sin que nadie te juzgue a vos. Eso es, definitivamente, jugar sucio.
Y, sin embargo, no cabe duda que aprendiste viendo ejemplos. Los que llegan a ser poderosos suelen corromperse y acaban alineados con el poder. Recordá al difunto arzobispo que participaba todos los días en programas de opinión para lavar la cara del gobierno a cambio de favores, de donaciones personales que le ayudaron a construir un esplendor familiar antes inexistente.
Así que pensálo un poco. Vos recibís confesiones y no te toca dar cuentas a nadie. Sólo al de arriba, pero ése es un ser moldeable (“a imagen y semejanza” es una frase precisa pues implica que lo divino tendrá los valores que le asigne el hombre. Eso de quedarse cosillas ya lo han hecho otros antes y casi puede decirse que sos un aficionado. Lo que debés hacer es poner todo a nombre de tu madre. De tu hermanillo, el jumas, es imposible valerse.
Ah, pero ¿qué vas a confesar entonces? Acordáte que primero están las formas. Sería muy mal visto que llegue a oídos de la congregación que encontraste entre las bancas de la parroquia a un borrachillo anciano y lo pusiste a patadas en la calle. Malísimo se vería sobre todo porque el tipo murió congelado durante la madrugada allí, en los jardines del costado norte.
Es mejor que piensen que lo han asaltado y lo demás es anécdota. Lo que no se sabe no duele y a nadie mata. Está aquello del refrán “ojos que no ven…” que debiese ser también un versículo de las Sagradas Escrituras porque en los tiempos que corren todo, todo, necesita ser relativizado.
Ah, ¿no ibas para la delegación y solamente te detuviste a pensar si doña Cayetana pagó ya las misas de difunto de su pareja? Eso es distinto. Apúrate porque llueve. Mejor pasás a saludarla y le tirás una chanita. Esa gente tiene un molinito de café que debe estar centenario…
Viví, cabrón, viví. Dejáte de monólogos improductivos y a ver qué piezas te levantás hoy.

miércoles, 18 de octubre de 2023


HABITUALMENTE, PEDRITO NO ANDA TAN CANSADO

El hombre duerme la goma en el sofá y su brazo derecho cuelga hasta tocar el suelo. Por la luz que penetra la sala, podemos intuir que son las once de la mañana, algo así.
La puerta de la calle se abre, merced a que alguien ha abierto la puerta con su llave personal. La respuesta a esto es mínima: un perro que estaba echado sobre la alfombra se acerca a recibirle.
El que acaba de llegar es el cura y hermano del tipo que duerme la mona. Le da un par de cariños al perro y éste le contesta con un ladrillo y movimientos alegres de su cola.
Pedro deja el periódico sobre la mesa y una Biblia negra que carga siempre pues forma parte de su estampa particular de sacerdote que permanece en vigilia por el bienestar de la comunidad.
Corre forzadamente los pies de su hermano para hacerse campo y toma asiento en el borde izquierdo del diván. La tapicería no anda nada bien, pero es posible que se vea peor por estar tan sucia. En todo caso, el cura es meticuloso y evita apoyar su vestimenta sobre las regiones percudidas.
—¿Otra vez te alzaste de tanda? No seás tan hijueputa, Beto. Imagino que no has trabajado un solo día esta semana.
El borracho no reacciona. Eso enfada al hermano que decide tomar medidas de inmediato: lo apalanca hasta botarlo al suelo.
Suena como un coco aquello. Será que se ha roto la mollera, piensa. Sin embargo, los movimientos de los dedos para tratar de levantarse y los quejidos propios de alguien que se despereza, lo hacen postergar la indagación sobre el estado del saco de alcohol que es Alberto todavía.
—Volviste a tierra, infeliz. Que el señor te bendiga— sentencia el padrecito.
—¿Cuál señor…? Dejáte de joder. No podés venir a despertarme con tanta violencia.
—Puedo, pendejo, puedo. Recordá que soy el mayor. Se supone que te conseguí el carro aquel para que lo trabajaras como grúa en el taller y ya ni siquiera vas a trabajar.
—He estado deprimido. Vos sabés que no logro superar la muerte de Marta.
—¿Ahora es cíclico? Te levantás, trabajás y en cuanto tenés plata te alzás de tanda. Eso es ser caradura. Además, todavía me debés la parte que yo puse para comprarlo a precio cristiano. Hasta tengo culpa porque don Eladio está muy viejito y ahorita palma. Estoy seguro que su familia jura que lo estafé.
Beto se incorpora, se ajusta las faldas de la camisa y se retira a lavarse la cara. Pedro aprovecha para acercarse a la cocina en busca de café: nada, el termo está vacío y la pila llena de trastes sucios.
—Bañáte, rápido que no pienso retirarme sin ver que te vas al taller de una sola vez.
—Andáte a la mierda, Padre— respuesta vernácula que suele dar el mecánico en cada ocasión que su hermanillo pretende halarle el aire.
Todo esto es un flashback que encuentra al cura Cardenillo dormitando en la cafetería un jueves que ha sido pletórico de carreras y lágrimas pues un par de jovencitos se estrellaron en moto y su curidad ha debido darles los santos óleos apenas a tiempo de verlos palmarse. Asimismo ha tenido que dar la misa y la confesión en la capilla del hospital a eso de las once de la mañana y preparar informes para sus superiores.
Cuando le ponen el croissant y el café blanco sobre la mesita, don Pedro está que ronca del modo más incómodo posible: erguido, sin doblar el cuello, como si posase para un retrato.