HABITUALMENTE, PEDRITO NO ANDA TAN CANSADO
El hombre duerme la goma en el sofá y su brazo derecho cuelga hasta tocar el suelo. Por la luz que penetra la sala, podemos intuir que son las once de la mañana, algo así.
La puerta de la calle se abre, merced a que alguien ha abierto la puerta con su llave personal. La respuesta a esto es mínima: un perro que estaba echado sobre la alfombra se acerca a recibirle.
El que acaba de llegar es el cura y hermano del tipo que duerme la mona. Le da un par de cariños al perro y éste le contesta con un ladrillo y movimientos alegres de su cola.
Pedro deja el periódico sobre la mesa y una Biblia negra que carga siempre pues forma parte de su estampa particular de sacerdote que permanece en vigilia por el bienestar de la comunidad.
Corre forzadamente los pies de su hermano para hacerse campo y toma asiento en el borde izquierdo del diván. La tapicería no anda nada bien, pero es posible que se vea peor por estar tan sucia. En todo caso, el cura es meticuloso y evita apoyar su vestimenta sobre las regiones percudidas.
—¿Otra vez te alzaste de tanda? No seás tan hijueputa, Beto. Imagino que no has trabajado un solo día esta semana.
El borracho no reacciona. Eso enfada al hermano que decide tomar medidas de inmediato: lo apalanca hasta botarlo al suelo.
Suena como un coco aquello. Será que se ha roto la mollera, piensa. Sin embargo, los movimientos de los dedos para tratar de levantarse y los quejidos propios de alguien que se despereza, lo hacen postergar la indagación sobre el estado del saco de alcohol que es Alberto todavía.
—Volviste a tierra, infeliz. Que el señor te bendiga— sentencia el padrecito.
—¿Cuál señor…? Dejáte de joder. No podés venir a despertarme con tanta violencia.
—Puedo, pendejo, puedo. Recordá que soy el mayor. Se supone que te conseguí el carro aquel para que lo trabajaras como grúa en el taller y ya ni siquiera vas a trabajar.
—He estado deprimido. Vos sabés que no logro superar la muerte de Marta.
—¿Ahora es cíclico? Te levantás, trabajás y en cuanto tenés plata te alzás de tanda. Eso es ser caradura. Además, todavía me debés la parte que yo puse para comprarlo a precio cristiano. Hasta tengo culpa porque don Eladio está muy viejito y ahorita palma. Estoy seguro que su familia jura que lo estafé.
Beto se incorpora, se ajusta las faldas de la camisa y se retira a lavarse la cara. Pedro aprovecha para acercarse a la cocina en busca de café: nada, el termo está vacío y la pila llena de trastes sucios.
—Bañáte, rápido que no pienso retirarme sin ver que te vas al taller de una sola vez.
—Andáte a la mierda, Padre— respuesta vernácula que suele dar el mecánico en cada ocasión que su hermanillo pretende halarle el aire.
Todo esto es un flashback que encuentra al cura Cardenillo dormitando en la cafetería un jueves que ha sido pletórico de carreras y lágrimas pues un par de jovencitos se estrellaron en moto y su curidad ha debido darles los santos óleos apenas a tiempo de verlos palmarse. Asimismo ha tenido que dar la misa y la confesión en la capilla del hospital a eso de las once de la mañana y preparar informes para sus superiores.
Cuando le ponen el croissant y el café blanco sobre la mesita, don Pedro está que ronca del modo más incómodo posible: erguido, sin doblar el cuello, como si posase para un retrato.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Su observación es bienvenida. Gracias por leer.