Vileta de cuarta novela del ciclo Malanga
ENTRETELONES, CHORIZOS
—Tenemos que hablar— le digo a Ana cuando contesta.
—Ya sé que andás con otra, no
jodás— responde.
—No es eso. Zonas grises se
está organizando para meternos una demanda por la estafa de las viviendas. Vas
incluida allí.
—Yo abandoné hace tiempo.
Antes de los problemas.
—Igual te va a salpicar. Necesitamos
parar esto.
—La verdad es que vos me
ayudaste a llegar acá. Dame chance de buscar apoyo.
—Escucháme, tengo la
respuesta. Es muy simple.
—No jodás. Ahora sos genio.
—Genio, no. Astuto. Lo que
tenemos que hacer es acabar con esas barriadas donde empezaste tu carrera.
También con Cuesta de los Monos porque son testigos muy cercanos.
—Pues no tengo tanta plata
para sicarios.
—No, eso no. Basta con demoler
la comunidad. La excusa es la urgencia de un nuevo relleno sanitario, un
botadero. Si los disgregamos, triunfamos.
—Necesitaremos apoyo del
alcalde. De por sí, el chavalo es de los nuestros.
—No te olvidés de los estudios
técnicos. Hay que elaborarlos; necesitaré plata para eso.
—Ni que fuese tu mama,
vividor. Te consigo un presupuesto mínimo porque el alcalde cobra caro. Decíle
al jefe tuyo que aporte algo.
—Ese chavalo sólo deudas.
Mejor aún, dános la concesión del relleno sanitario y una torta paga la otra.
—Entonces, yo voy a querer mi
parte también, Román.
—¿Y…? Decí cuánto y lo metemos
de sobreprecio— le hago ver con sencillez.
Escucho un ajá gutural y Ana
cuelga suave el auricular. En ese instante voy masticando ya la uña del cuarto
dedo; he devorado las anteriores.
Escupo las esquirlas.
Toda esta mierda pasa sin
testigos, pero tenía la urgencia de contarlo. No entiendo cómo los chorizos
generan tanto nerviosismo.
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