Capítulo de cuarta novela del ciclo Malanga
GLOSAS DE PERSONAJES
INCONFORMES
Un frío de puta madre en la calle. Repentinas ventiscas nos
obligan a entrar en La Chichera, el bar que une a la clase baja con la clase
media, a seiscientos metros de la Cuesta de los Monos.
Estaba Otto solo sentado en la mesa del fondo. Ésa tiene ventanal
y me gusta. Le dije a Jaime que nos juntáramos con el chavalo. Asintió a la
primera y era lo conveniente: no había
mesas vacías y era noche de fútbol.
—Dice Clemente que se encontró una novela sobre el barrio y que
está llena de mentiras— introduce conversa el Loco.
—Es cierto. Yo salgo allí como un militar de fuerzas especiales y
un sicario y pillo— respondo en el acto.
El salonero nos interrumpe ansioso:
—¿Qué toman? Hay ceviche.
—Gallinero.
—Gallinero.
—Yo quiero otra—tercia Otto.
—Unas papas con chorizo— Jaime, rascándome el ceviche.
—Traéme ceviche solamente si está fresco—advierto yo.
—Pedí otra cosa—aclara el muchacho.
—Un plato grande variado para picar. De allí, comemos todos—
ordena Otto.
—No me cancelés las papas—. El muerto de hambre es Jaime y ya se
ha ido el tipo de la comida.
—Pues bien, muchachos. Me les voy del barrio pronto, creo. Ya
saben que tengo orden de borrado y por eso me voy…—el melodrama de Otto.
—Ah, un fan de Julieta Venegas.
Es una rola muy vieja y cursi— Jaime, que sabe lo mosca muerta que es el
chocolatero.
—Vos sí que inventás. Lo que no querés contar es que Yami te dejó
por sus aspiraciones políticas y por acomplejado. Yo trabajé en Sicarios y vos
no estás en la lista de borrables.
—Te juro que me amenazaron. Hasta recibí un whatsapp que me
conminaba a presentarme. Lo tuve que borrar para no asustar a Yami y al
carajillo.
—¿Es la causa por la que te fuiste a meter donde doña Tina? Ve
vos; ¡qué negocios retorcidos hacés!— espeta Jaime.
—Bueno, no iba a quedarme en la calle. Rosaura es un caramelo y la
ocasión la pinta calva— Otto, sincerándose de una.
—Ya déjense de pendejadas. Iba a contarles que en la novela soy
milico de los bravos. Imagínense: fuerzas especiales…Un boina verde o algo así—
yo, aburrido ya de pendejadas de faldas.
—Nadie lo cree. No te da la estatura— me dice Jaime—. Sólo que te
meten en un potro de tortura y te hagás de hule.
—Ya lo sé. Sin embargo, los enanos tenemos otras habilidades.
Miren a Messi— me defiendo.
—Ése no es enano— acierta el ex de Yami—. Mide lo mismo que el
malangueño promedio.
—Mejor aún. Mientras más bajos, menos caídas. El centro de gravedad, perfecto. Votá a un gigantón y verás que dura
todo un capítulo poniéndose de pie. De hecho, estoy en conversaciones con el
Deportivo Yuyo. Soy un ocho—, fanfarroneo.
—Mentís más que Otto. A vos te agarra el Caballo y te hospitalizan todo el
semestre. En la UCI, te iremos a ver—Jaime condescendiente, cagado de risa.
—Si te confunden con el balón y te patean, salís volando como un cometa—
dice Otto.
—Cuando vuelva de servicio y tenga mi ametralladora, me los voy a cargar a
los dos, cabrones. Lléguense el sábado a las tres a la cancha comunal, que allí
entrenamos y así aprenden un poquito.
Otra ronda, tres gallineros y otra bandeja de tapas.
—Estás pasado de kilos, huevón— comentario malicioso del yerno de Tina.
—Energía en reposo. Oigan, estamos desperdiciando el capítulo. Nos hemos
metido a este bar para comentar que la realidad es una gran mentira. Eso dice
el guión— yo, tratando de salvar la jornada.
—Me las pela— palabras textuales de Otto.
—Uno no le hace caso a voces maliciosas. Yo también salgo en la
novela…Hasta Otto. El autor no sabe de nuestras vidas y habla mierda. Ya lo
viéramos para que nos pague derechos, por lo menos— el Loco, aburrido de ver
que esto se encauza por donde el autor quiere.
Lo menos que debemos hacer es reivindicarnos cuando tenemos voz. Yo, por
ejemplo, niego ser violento y borracho y eso de pegarle a la doña y de que ella
me reciba a sartenazos cuando ando jumo.
La mesa está llena de charquitos de cerveza y servilletas arrugadas. Al
fondo se escucha el rumor creciente de las conversaciones, pero ningún vocablo
se escucha claro.
—Ya se dieron cuenta que en este barrio no hay banda sonora. ¿Desde cuándo los bares carecen de música?—
digo (y es que me molesta eso de las legislaciones gremiales que no parecen
beneficiar a los asociados de a pie).
—Una lástima, pero si este mundillo tuviese una canción de fondo, estaría
lleno de litigantes persiguiendo a los comerciantes en procura de sacarles algo
de dinero por tener música de fondo. Lo único que podemos hacer es innovarla o
limitarnos a tamborilear con los dedos, pero eso se ve muy precario—cierra el
repartidor que, dicho sea de paso, casi nunca está libre para andar en bares y
trabaja mucho para recibir poco. Un verdadero esclavo del sistema.
Jaime tiene razón.
Y cortamos la escena allí porque lo que viene dura hasta las once y el
proceso de embriaguez que llevará a Otto a vomitar antes de las diez en los
baños de la Chichera y a que una mujer —más o menos ligera, pero no promiscua—
le pegue a Jaime tremendo botellazo en la cabezota que le deja sangrando la
oreja.
Todo porque el ex de Yami apuesta a que el Loco es incapaz de tocarle una
nalga a la extraña.
El delivery se deja provocar y he aquí la consecuencia.
Seis puntadas, una venda.
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