UN ESCRITOR QUE FINGE SER UN DURO O UN IDIOTA
—No sé si te das cuenta,
pero vas mal. Esta novela es una mentira. Imagina que todo lo que recogés, lo
hagás sin verificar. Tendrás solamente una zambumbia, un revoltijo de voces,
pero la verdad no está allí.
—¿Ah, entonces la novela
debe basarse en hechos reales? Entonces, cagamos pues yo no pienso dejar que me
lluevan demandas.
—¿Cómo es posible, por
ejemplo, que no le corrijás la plana a los personajes y los encarés contra sus
secretos? Ésa es la técnica habitual que lleva a la catarsis.
—Vos querés que no
escriba un libro, sino una hoguera. Me extraña porque sabés muy bien que la
literatura trabaja con verdades residuales. Aquello que no se dice, pero está
flotando en la trama y que el buen lector descubre sin que nadie le aporte
juicio.
—Es que yo vi que, a ese
Clemente, le has perdonado unas tantas. No sólo lo has dejado variar partes del
texto —desconozco cuáles— sino que, descaradamente, has omitido el origen del
dinero que financió la funeraria. Yo lo
conozco, cabrón, fuimos compañeros de escuela y siempre fue uno de esos seres
sin alma. Vos ya sabés que la agencia es la que está detrás de la funeraria.
Es que no lo considero importante.
Un testaferro más nada aporta a mi historia.
—Además, la cronología no
coincide. ¿No debieses trabajar los tiempos con calendario?(fecha, día, año y
lugar, aunque sea ficción).
—Creo más en el tiempo psicológico
que en un fichero. Los acontecimientos me resultan más importantes desde la subjetividad
de los personajes que hacerles una maldita ficha biográfica a cada uno. Además, me da pereza. Escribo literatura para
liberarme de normas, no para que me diga la academia qué es lo correcto.
—Estoy seguro que no
controlás la trama. Empezaste con un propósito
y, de repente, te saliste del camino.
—Estaba muy fea la ruta
por allí. Hay que ser imbécil para regodearse en el barro o en el crimen. Digamos que me gusta el género policial, pero
no la sangre. Por eso es que en la novela se habla de una brigada de limpieza.
Eso evita al autor ver la violencia que escribe.
—Sos un saco de pretextos.
¿No has visto trabajar a los grandes?
Usan fichas, método, cronología de manera que las cosas no se enreden.
—¡Qué aburrido! Seguro
que de carajillos andaban bicicletas de cuatro llantas. Eso es falta de
confianza.
—No has cambiado tu hostilidad.
Tenés complejo de bordado en oro.
—No diría eso. Es que me
las pela esforzarme para el aplauso ajeno. Conozco mi oficio y tengo veneno en
lugar de sangre. Parte del secreto de la escritura es sacudir al otro,
provocarle incomodidad.
—Volvamos a lo de antes.
¿No vas a decir que las empresas de sicariato compraron ciertas funerarias para
hacer el negocio redondo? ¿No escribirás que ese chavalo, el Chino, es un
agente secreto de la Agencia? Palo de escritorcillo cobarde sos.
—Tengo mejores nudos por
resolver y no voy ni por la mitad. Me dejás en paz o te meto un tiro y te
desaparezco de una. Vos elegís.
Sólo tuve tiempo de
agacharme por instinto. Una bala de cañón rompió el mueble del fondo en grandes
astillas y los espejos se hicieron como arenilla.
Alguien me mandaba una
advertencia: “no sigas por ese camino”.
Algo así.
Yo pretendo hacerme el
desubicado, el que no capta.
Tomé un trapito para
despejar el mostrador del bar, casi blanco de tanto vidrio molido. Luego saqué una cerveza de la nevera y un
trozo de queso y seguí conversando conmigo mismo.
Lo hago todos los días de
diez a doce. Es la única disciplina que tengo.
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