jueves, 12 de febrero de 2026

EL CLUB DE LAS BURBUJAS O UNA NOVELA QUE HA DEBIDO SER PÓSTUMA/ FRAGMENTO

EL CLUB DE LAS BURBUJAS O UNA NOVELA QUE HA DEBIDO SER PÓSTUMA

 

Empecé a escribir esta novela un año antes de mi muerte. Llevaba varios meses de paro y no me interesaba conseguir trabajo.  Me levantaba tarde, me daba una siesta cada tres horas —digamos, por hora y media— y me levantaba por un café, a leer alguna carajada sobre política internacional y, a veces, algunos borradores que amigos me hacían llegar, a sabiendas de mis comentarios inútiles.

Fue muchos años después de los archivos de Epstein y su isla de crimen y lujuria que, entre lo acumulado, elegí unos papeles de mi difunto amigo Estuardo, que ya cumplía cuatro años de fallecido a causa de una enfermedad crónica.

Su escritura no era nada sutil y había nombres y cosas no aptas para la tranquilidad. Parece que lo suyo era la crónica y el dato, no la imaginación. Yo, por mi parte, soy indisciplina y relajo, pero no pude sustraerme al horror de esa trama de chantaje que sometía a poderosos propensos a la falta. El archimillonario Jeffry construyó contactos de alto nivel y se habría llevado entre las patas a líderes de la política mundial, a famosos, a sus pares ricachones. Documentaba sus debilidades y así quedaban sometidos a su voluntad.

Se dice que era un hombre del Mossad y muchas carajadas más. El entramado es denso, millones de folios e imágenes que se conocen y otra parte de él ha sido intervenido o borrado.  Agencias de inteligencia han metido su cuchara para salvarle el culo a figurones que hoy ostentan el poder en el mundo.

 

Lo que no me esperaba, estaba en las páginas finales.  Siempre esquemático, hasta sustituir párrafos por flechas, gráficos y organigramas, Estuardo Ortiz Barreda se metía en vericuetos que tarde en verificar días. Ya era menos meticuloso:  había casillas con la información pendiente o tachada. Unos cuantos nombres de personajes eran identificables, lo cual no importa: ya dije que este documento en crudo sería una demanda segura.

Sin embargo, en las veinticuatro páginas finales, pocas veces aparecen unas siglas y en un pie de página —inserto a la brava, cambiando de tema— cita el significado del acrónimo, el nombre de la entidad, el cual he debido modificar para que la ficción quede hasta allí.  Luego sigue con su disertación sobre algo ya trillado por acá en otros tiempos, el entrenamiento de células paramilitares en las montañas del oeste.

Hay cosillas que quedan en conato, prefiero no citarlas, porque la digresión es tentadora y esa manía del texto rizomático es muy fácil de hacer, pero cansa al lector que es vago, que quiere todo resuelto.

Por eso, hasta aquí he procurado ser ordenadito y ramificado.  Así la gente que compre este libro podrá decir que leyó una introducción satisfactoria.

Perdonen ese paréntesis. La cosa es que Ortiz Barreda habla en su último cuadernillo de un organismo internacional que, operando bajo la mampara de una universidad, vendría a sustituir la isla de Epstein. Allí se darían los grandes desenfrenos, pero también las capacitaciones para articular internacional a la ultraderecha.  Sería un feudo inaccesible, amurallado, en medio de no sé qué parte, con antirradares y tecnología de punta.

El lugar según los papeles de Estuardo nace con el patrocinio coordinado de tres agencias antidroga y de los gobiernos cipayos que se enriquecen la tutela de los imperios.  Algo dice también mi fenecido excompañero de estudios sobre financiamiento irregular de campañas, sobre embarques de droga y dolarización como estímulo, de gasto militar forzado y de manejo de prensa y redes.

Cómo eso es tema trillado, tampoco me centro en ello. Lo que hago es tocarlo lateralmente y, para parecer creativo, meterme con algo de género, tecnología y tomar ideas de acá y de allá, de autores olvidados, conocidos y acucarachados (de esos que están en cajas de cartón en las compraventas con un hijueputa olor a feromonas).

Digo esto para que no pierdan el tiempo acusándome de plagio. En todo caso, creo no ejercerlo. Escribo sobre las ruinas de la civilización, pero para bien o para mal, antes las digiero; trato de entenderlas o profanarlas.  La originalidad, según yo no existe si no es como producto de lo que nos nutre y, de alguna forma, ya todas las historias fueron escritas con otras locaciones, personas y palabras.

Ah, dije que empecé a escribir esta novela un año antes de mi muerte.  Explico: en un libro llamado El círculo de la vida,  era esencialmente visual y se centraba en rituales de iniciación de muy diversas culturas. En sus páginas finales había un hombre esquelético, fraile o algo así. El cintillo aseguraba que ese hombre decidió cuándo morirse y que entonces optó por irse a descansar y así fue:  el día que apostó por su muerte, lo logró.

Yo vi ese texto allá por el dos mil, pero se me quedó la anécdota atorada detrás de la pupila.

Entonces, calculando que mi salud no andaba muy bonita, estaba afectado de las rodillas y había ganado peso, opté por imitar la práctica del asceta.  No tuve suerte:  me acosté —cómo ya dije, por horas— y aprendí a dormir unas veinte horas por día.  Es notorio pues, que mi tiempo de ocio cultural se redujo a casi nada y la novela quedó trunca, avanzadas tal vez unas ciento cincuenta páginas:  el último párrafo que empecé no alcanzó a unir cuatro palabras y terminaba  con la preposición tras.

Cumplido el plazo, vi que mi esfuerzo para morir a voluntad me estaba dejando en peores condiciones vitales y sin mayores ganas de respirar. Pasaron meses así, pero tenía todo resuelto porque mi parentela pagaba las facturas y me hacía llegar alimentos y medicinas y una señora que en las mañanas hacía la limpieza.  Cada semana, me llamaba alguien de mis cercanos para invitarme a alguna parte, pero yo declinaba.  No quise entender que tenía una depresión de puta madre y solamente esperaba el apagón.

Hasta que, para hacerme torcer el brazo, la familia ha optado por no llamarme más y la comida, que era contratada, ha dejado de llegar.  A regañadientes, contra mi voluntad de muerte,  he debido optar por despegarme del colchón.  Para ello, mis vecinos han ayudado intentando quemar mi casa y han hecho bien: he salido a tiempo y, por suerte, no era mía.  Se la estaba cuidando a un pariente que ahora me acusa de irresponsable, lo cual me ofende.

Nada, ya les avisaré cuando la novela esté lista.  Afortunadamente, Estuardo no dejó descendencia y nadie puede acusarme de apropiación cultural o de proceder con dolo. Los dos hijos del difunto le siguieron a las nubes, un par de años después cuando su coche se cayó al estero.  Según el parte forense, el cable de freno fue cortado.

Ahora, firmo yo y eso no se discute.


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