EL CLUB DE LAS BURBUJAS O UNA NOVELA QUE HA DEBIDO SER PÓSTUMA
Empecé a escribir
esta novela un año antes de mi muerte. Llevaba varios meses de paro y no me
interesaba conseguir trabajo. Me
levantaba tarde, me daba una siesta cada tres horas —digamos, por hora y media—
y me levantaba por un café, a leer alguna carajada sobre política internacional
y, a veces, algunos borradores que amigos me hacían llegar, a sabiendas de mis
comentarios inútiles.
Fue muchos años
después de los archivos de Epstein y su isla de crimen y lujuria que, entre lo
acumulado, elegí unos papeles de mi difunto amigo Estuardo, que ya cumplía cuatro
años de fallecido a causa de una enfermedad crónica.
Su escritura
no era nada sutil y había nombres y cosas no aptas para la tranquilidad. Parece
que lo suyo era la crónica y el dato, no la imaginación. Yo, por mi parte, soy
indisciplina y relajo, pero no pude sustraerme al horror de esa trama de
chantaje que sometía a poderosos propensos a la falta. El archimillonario Jeffry
construyó contactos de alto nivel y se habría llevado entre las patas a líderes
de la política mundial, a famosos, a sus pares ricachones. Documentaba sus
debilidades y así quedaban sometidos a su voluntad.
Se dice que
era un hombre del Mossad y muchas carajadas más. El entramado es denso, millones
de folios e imágenes que se conocen y otra parte de él ha sido intervenido o
borrado. Agencias de inteligencia han metido
su cuchara para salvarle el culo a figurones que hoy ostentan el poder en el
mundo.
Lo que no me
esperaba, estaba en las páginas finales.
Siempre esquemático, hasta sustituir párrafos por flechas, gráficos y
organigramas, Estuardo Ortiz Barreda se metía en vericuetos que tarde en
verificar días. Ya era menos meticuloso:
había casillas con la información pendiente o tachada. Unos cuantos
nombres de personajes eran identificables, lo cual no importa: ya dije que este
documento en crudo sería una demanda segura.
Sin embargo, en
las veinticuatro páginas finales, pocas veces aparecen unas siglas y en un pie
de página —inserto a la brava, cambiando de tema— cita el significado del
acrónimo, el nombre de la entidad, el cual he debido modificar para que la
ficción quede hasta allí. Luego sigue
con su disertación sobre algo ya trillado por acá en otros tiempos, el entrenamiento
de células paramilitares en las montañas del oeste.
Hay cosillas
que quedan en conato, prefiero no citarlas, porque la digresión es tentadora y
esa manía del texto rizomático es muy fácil de hacer, pero cansa al lector que
es vago, que quiere todo resuelto.
Por eso,
hasta aquí he procurado ser ordenadito y ramificado. Así la gente que compre este libro podrá
decir que leyó una introducción satisfactoria.
Perdonen ese
paréntesis. La cosa es que Ortiz Barreda habla en su último cuadernillo de un organismo internacional que, operando bajo la
mampara de una universidad, vendría a sustituir la isla de Epstein. Allí se
darían los grandes desenfrenos, pero también las capacitaciones para articular
internacional a la ultraderecha. Sería un
feudo inaccesible, amurallado, en medio de no sé qué parte, con antirradares y
tecnología de punta.
El lugar según los papeles de Estuardo nace con el patrocinio coordinado
de tres agencias antidroga y de los gobiernos cipayos que se enriquecen la tutela
de los imperios. Algo dice también mi fenecido
excompañero de estudios sobre financiamiento irregular de campañas, sobre
embarques de droga y dolarización como estímulo, de gasto militar forzado y de manejo
de prensa y redes.
Cómo eso es tema trillado, tampoco me centro en ello. Lo que hago es tocarlo
lateralmente y, para parecer creativo, meterme con algo de género, tecnología y
tomar ideas de acá y de allá, de autores olvidados, conocidos y acucarachados (de
esos que están en cajas de cartón en las compraventas con un hijueputa olor a
feromonas).
Digo esto para que no pierdan el tiempo acusándome de plagio. En todo
caso, creo no ejercerlo. Escribo sobre las ruinas de la civilización, pero para
bien o para mal, antes las digiero; trato de entenderlas o profanarlas. La originalidad, según yo no existe si no es
como producto de lo que nos nutre y, de alguna forma, ya todas las historias
fueron escritas con otras locaciones, personas y palabras.
Ah, dije que empecé a escribir esta novela un año antes de mi
muerte. Explico: en un libro llamado El
círculo de la vida, era esencialmente visual
y se centraba en rituales de iniciación de muy diversas culturas. En sus páginas
finales había un hombre esquelético, fraile o algo así. El cintillo aseguraba
que ese hombre decidió cuándo morirse y que entonces optó por irse a descansar
y así fue: el día que apostó por su
muerte, lo logró.
Yo vi ese texto allá por el dos mil, pero se me quedó la anécdota
atorada detrás de la pupila.
Entonces, calculando que mi salud no andaba muy bonita, estaba afectado
de las rodillas y había ganado peso, opté por imitar la práctica del asceta. No tuve suerte: me acosté —cómo ya dije, por horas— y aprendí
a dormir unas veinte horas por día. Es
notorio pues, que mi tiempo de ocio cultural se redujo a casi nada y la novela
quedó trunca, avanzadas tal vez unas ciento cincuenta páginas: el último párrafo que empecé no alcanzó a
unir cuatro palabras y terminaba con la
preposición tras.
Cumplido el plazo, vi que mi esfuerzo para morir a voluntad me estaba
dejando en peores condiciones vitales y sin mayores ganas de respirar. Pasaron
meses así, pero tenía todo resuelto porque mi parentela pagaba las facturas y
me hacía llegar alimentos y medicinas y una señora que en las mañanas hacía la
limpieza. Cada semana, me llamaba
alguien de mis cercanos para invitarme a alguna parte, pero yo declinaba. No quise entender que tenía una depresión de
puta madre y solamente esperaba el apagón.
Hasta que, para hacerme torcer el brazo, la familia ha optado por no
llamarme más y la comida, que era contratada, ha dejado de llegar. A regañadientes, contra mi voluntad de muerte,
he debido optar por despegarme del
colchón. Para ello, mis vecinos han
ayudado intentando quemar mi casa y han hecho bien: he salido a tiempo y, por
suerte, no era mía. Se la estaba cuidando
a un pariente que ahora me acusa de irresponsable, lo cual me ofende.
Nada, ya les avisaré cuando la novela esté lista. Afortunadamente, Estuardo no dejó
descendencia y nadie puede acusarme de apropiación cultural o de proceder con
dolo. Los dos hijos del difunto le siguieron a las nubes, un par de años después
cuando su coche se cayó al estero. Según
el parte forense, el cable de freno fue cortado.
Ahora, firmo yo y eso no se discute.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Su observación es bienvenida. Gracias por leer.