viernes, 3 de noviembre de 2023

Escritura de hoy. Ya empiezo a creer que si habrá quinta novela en el 2024.

EL CURA CARDENILLO TODO LO APROVECHA

—Dicen que vengo a la cafetería a observar a la gente y no es cierto. Vengo escapando de la Casa Cural porque cada minuto que estoy allí hay alguien en pos de mí para confesarse, para abatirse, para pedir ayuda y hasta para traer sacos de chismes a reventar. Yo tengo claro que ése es mi deber, pero también se que si no modero las cosas, terminan por ahogarme.
Todo ser humano necesita tomar distancia de aquello que le abruma. Hay demasiado horror escondido, mucha malicia en las lenguas, violencias contenidas que solamente se abren ante la presencia del confesor. Y la gente lo mira a uno como tabla de salvación y si logra mirarte, pretende que lo atiendas de inmediato. No entienden que debes dosificarte, que te cansas, que hay noches que no duermes por absurdas razones.
Estar muy fatigado, por ejemplo.
Soy cura hace treinta y ocho años. He dado servicios en media Malanga. Me parece que tan extraño no le parezco, oficial. Nos hemos visto antes, seguro que sí.
Este lugar apesta a humedad. Le hace falta luz y un poquito de música de fondo.
Podría ser Gershwin, algo que no suene a pesadumbre.
Además, debo tomar tiempo para meditar y orar a solas. Debo anudarme la lengua porque lo que me cuentan no debe correr por el mundo pues el silencio es mi ley. Hasta me toca aconsejar a muchos descarriados que fingen humildad, pero son tercos como las mulas y aunque el precipicio está allí nomás son felices al saltar. Luego vuelven a trepar la ladera hechos pistola y corren para pedir absolución y consejo, pero en cuanto me descuido salen corriendo y saltan de nuevo.
Es patética la naturaleza humana. Cree importante protegerse de los otros y se olvida salvaguardarse de sí misma.
Por lo demás, la cafetería es rutinaria, anónima. Uno, vestido de civil, se confunde fácil entre los comensales. La laptop me sirve de pretexto para no hacer demasiado contacto visual y si alguien me reconoce, le digo que estoy ocupando y trabajo en un librito de meditaciones que quiero sacar a mitad del otro año.
¿Que si es cierto? Claro que no. Este país no vende libros ni aunque se empaquen con una caja de bombones. Las mentiras blancas, las que no hacen daño a nadie, son permitidas como creatividad, como divertimento.
La verdad, todos decimos muchas mentiras blancas, pero es tema que no quiero ahondar porque eso da para peligrosas discusiones teológicas que terminan por cuestionar el principio de autoridad y la fe no trabaja así.
No se ha cruzado por la cabeza cambiar mi rutina. Suele pasar que el cambio trae infelicidad, decepciones. ¿Qué tal hacer la apuesta y que no te guste la comida o te den un mal servicio?
Una cólera innecesaria.
Lo que no comprendo es por qué estoy acá. ¿Para qué me ha hecho llamar?
Ah, gracias por la discreción.
Me he enterado del crecimiento de delitos en el distrito. Ni que estuviese muerto para pasar por alto el incremento de la violencia en todas partes.
Pues lo que me dice es grave: menores robados y muchos cadenazos y puñaladas, pero no veo qué tengo que ver en esto.
¿Sospechoso? Un momento. De mí nunca se ha dicho nada. Soy un hombre con la palabra divina bajo el brazo. Vea hasta ahora traigo mis libros y mi rosario.
A veces, me duermo. Eso es cierto. ¿A quién no le pasa que se sienta y el metabolismo hace el resto? Se aburre, empiezar a cabecear y en algún momento se desconecta sin necesidad de pedirle permiso a nadie. Puede ser un papelón, pero también es un acto necesario liberador.
Usted ya se habrá dado cuenta que hay mucha suciedad por acá. No me diga que pueden pasar la escoba de vez en vez.
Por cierto, esas fotos de mujeres semidesnudas en la pared son pecaminosas. No van bien en una oficina pública: recuerde que cualquier día de estos le visitan sus superiores.
Ahora, uno a veces se lleva sorpresas. Hace unos meses me robaron la medialuna por baboso. Cuando me trajeron el café a la mesa, yo ya andaba en estado zombi: dije “gracias” entre dientes, pero estaba dormido. La mujer acomodó la comida en un costado de mi mesa y se retiró.
Al menos eso dice ella. Yo me quedo con dudas porque sé que lo que facturan y no entregan se lo comen más tardecito.
Me pasó en una de esas cadenas de comida rápida, la vez que pasé a comprar una cajita de dados de queso para llevar. Uno no puede notar nada. No demoran más en servir que los dos minutos de costumbre y no va uno a adivinar los entresijos de lo que ocurre en la cocina.
Cuando llegué a casa, faltaban tres quesitos. Yo no creo que un operario sea tan bruto como para no saber contar. Llegué a la conclusión de que hubo mala fe. Luego recé un poquito para aplacar mi soberbia que tal vez me llevaba a difamar a los trabajadores de aquella tienda.
“Tienda”, digo porque los gerentes les llaman así. Si los empleados dicen “soda” o “restaurante”, los regañan. Me lo dijo un compañero de secundaria que entró al círculo gerencial de esa empresa. Hay que recordar el modelo de operación es industrial: la línea de ensamble y todo el conocimiento del fordismo se aplican allí.
Claro que la gente llega a comerse una hamburguesa no se preocupa por lo que pasa en la trastienda. Yo sí, por eso es que poco a poco me alejé de esos lugares donde la cocina es tan extensa que no ves a los que procesan tu comida.
También llegué a ver en esos tiempos a un señor quejarse con la dependiente porque su hamburguesa tenía una babosa que se solazaba en la lechuga. La imagino con gafas negras y bikini, toda avergonzada de que la agarraban en sus horas de reposo…
Perdón, uno no puede evitar la trivialidad. Soy de los que sacan chiste a todo, aunque a nadie se lo cuentan porque ya dije, soy una figura del silencio porque éste genera confianza en la comunidad.
Brutal sería que las señoras piensen que lo que me cuentan puede generar una cadena de chistes que dos meses más tarde vayan a circular en los bares. Estaría frito y no sabría defenderme contra eso.
¿Entiende, señor policía, que no soy ningún pervertido acechador de menores y que tampoco ando de campana para avisarle a otros a quién asaltar? Vengo aquí como si fuera al parque, a buscar un remanso.
Ah, y ya recuerdo yo a su esposa: usted es teniente o algo así. Dice Mabel que es un perro total, que tiene dos queridas. Me pregunto cómo hace con ese salario para andar de dandy.
Me va a dejar ir, ¿verdad?
Entonces, por fa, consígame un taxi y me da cinco mil pesos. No me va a costar más que eso volver a casa.
Le voy a pedir un favor: regáleme una copia de esta entrevista. Pienso editarla para hacer una novela. No es gran cosa, pero imagine que retrato un lugar inhóspito, sucio y húmedo, medio vulgar y que solamente mi voz se escucha. Nadie va a pensar que esto ocurre en un restaurante de buen ver como un lomito bien cocido con papas y ensalada y una botella de vino.
Penumbra, no. Eso sería demasiado copiado. Por el contrario, un poco de clima guarro: tal vez dos o tres gallinas sueltas que se pasean sobre los escritorios de una comisaría imaginaria.
¿Qué dice? Sería como un homenaje a Kafka, ¿no cree?
Ah,, entonces paso mañana por allá y me llevo un pen drive para guardar el archivo.
Buenas tardes.

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